miércoles, 10 de febrero de 2010

Tierra de la maraña.

Tierra de la maraña; de lo no comprendido; de los malosentendidos o de los malosentendiendo. Tierra vacía de esperanza y prolífica en desengaños. Tierra de políticos y narcos; de muerte por sacrificio; de monarcas y de esclavos; de construcción sobre construcción; de escombro y de amaño. Tierra de eterno abandono y oraciones sin concluir; tierra de sueños por dirimir.

jueves, 4 de febrero de 2010

El Malhora

Cuando el comandante Juárez se enoja, se enoja. No queda más que agachar la mirada y aguantar vara. Además cada que pasa algo malo en un operativo se pone así, y no sé si sea malo, pero pues ya estamos acostumbrados. Ese día el comandante fue citado en la oficina del Alcalde, lo del operativo era un escándalo, a pesar del cerco policiaco en la zona que duró como 12 horas, el famoso Malhora se nos fue. No le quedó más al comandante que ir a pararse frente a las cámaras con esa cara que pone para la tele, como frunciendo el ceño, simplemente a dar un choro de que estábamos trabajando; que seguíamos una línea de investigación, cuando en realidad el comandante confía hasta en el tarot para dar con los delincuentes.
Pero este asunto del Malhora requería una de esas cartas bajo la manga que suele tener el comandante, como cuando agarró junto con un policía federal a unos sicarios en la carretera paraestatal, el federal herido y mi comandante encañonando a los dos cabrones hasta que llegaron los refuerzos, pero definitivamente esta vez necesitaba algo más que valor y un golpe de suerte. Ese tal Malhora era una cosa impresionante, según los informes, el tipo fue luchador - rudo por supuesto -, no era muy alto, pero el vato mató seis militares en una balacera, en uno de esos tantos granadazos que tenían a todos con los pelos de punta, cada que salíamos a un pedo con narcos era de arrancarnos los pelos, persignarnos y escondernos tras la patrulla hasta que pasara lo peor, no es que sea sacón, pero tengo una familia. Bueno, el punto es que el cabrón del Malhora, en la misma guerra de cárteles era de respeto, ya era sabido por ahí que trabajo que le toca al Malhora, trabajo que no falla. No como esos casos de que intentan volar la oficina del abogado y sale vivo el muy méndigo. Este cuate cumplía y hasta le daba el toque de sadismo, cabezas cortadas, hechos pedacitos frente a la central de policía, ácido, marcas de tortura o cuando mucha chamba, hasta 30 muertos por tiro de gracia en una sola noche. Además de ser uno de los cercanos del bien conocido jefe del narco, el famosísimo: Papi.
El operativo salió mal porque al Malhora le salió muy bien, no es que el comandante no pueda, simplemente ese condenado matón está pesado. Ese día éramos muchos efectivos los que resguardábamos el área, por aire y tierra se estaba checando el plano. Tal vez el comandante pecó por tener demasiada paciencia, ya dos veces le había tocado acorralar al Malhora, pero entre los granadazos y las balas que caen como en aguacero, nomás salía todo encabronado y con bajas, el muy cabrón del Malhora siempre se escapaba, hubo una ocasión que una camioneta blindada mandó al diablo a dos patrullas que le cerraban el paso, dejaron los carros madreadísimos y agujerados como coladera, así que el comandante Juárez en esta ocasión quiso acorralarlo en serio y buscar la detención, esta vez no quería ni bajas que lamentar ni un arguende en grande.
El Malhora y sus perros estaban en una casa de seguridad que habían reportado de manera anónima, supimos que era el Malhora el que estaba frecuentando esa casa gracias a unos días de observación, el comandante mandaba a uno o dos oficiales como civiles a checar los movimientos en la casa, así que era seguro que el Malhora se iba aparecer, y cuando lo hizo, el comandante movió a toda su gente a la zona. Había comandos rodeando la casa, sin embargo no querían comenzar una balacera épica contra los perros del Malhora, sólo esperaban. En las esquinas había patrullas y un cerco de seguridad, no se permitía pasar a nadie, todas las entradas y salidas de la colonia estaban igualmente resguardadas y a eso súmele el helicóptero sobrevolando el sector. Ahora sí todos armados hasta los dientes, pero lo mismo esperábamos de la gente del Malhora.
Después de un buen rato de tensión, la tropa del Malhora estaba igual que nosotros, nomás a la espera, cualquier chispazo encendería la locura y esto se convertiría en una sucursal del infierno, pero no fue hasta que un condenado matón se asomó por una de las ventanas y comenzó a gritar de chingaderas, el comandante Juárez ordenó quedarse quietos pero un pendejo caliente que tenía en la mira al culero le soltó una ráfaga que ni le dio pero desató un verdadero desmadre, fueron cerca de 30 minutos sin un segundo de silencio, nadie abandonaba su posición y desde la misma soltaban plomazos como pudieran, las balas perdidas hubieran provocado muchas muertes, si no, es porque antes le habíamos cerrado el paso a los civiles. A pesar de que el comandante había advertido el no desperdiciar balas, en esos momentos como que te envuelve la adrenalina y sin remedio entras en la locura de los balazos y nadie paraba de soltar esos malditos balazos. El comandante estaba gritando como loco que parara el fuego pero seguía el cagadero. Cuando detuvieron los disparos hubo un silencio sepulcral donde todos nos volteábamos a ver como corroborando que no había bajas, ya desde ese momento el comandante estaba encabronado, apenas nos dimos cuenta de que los últimos minutos de balacera sólo fueron tiros nuestros, no había respuesta de los sicarios. El comandante ordenó entrar a la casa por la fuerza, los comandos especiales arrojaron bombas de humo y derribaron la puerta, había camionetas blindadas, algunas armas, celulares y en una habitación se liberó a un empresario que llevaba 2 años secuestrado, incluso ya hasta se le daba por muerto. La sorpresa fue que no estaba el Malhora por ninguna parte, sólo encontraron un agujero en la pared de la cocina por donde podrían haber escapado, pero cómo fue que nadie los había visto en la colonia, todo el perímetro estaba resguardado. A pesar de liberar al empresario, Juárez iba por el Malhora y el muy vivo no estaba. Nadie supo nada. El comandante hizo el berrinche de su vida, no entendía cómo había sucedido, con esto sólo se reafirmaba su teoría de tener traidores en sus propias filas, algún cabrón soplón infiltrado le estaba echando a perder las cosas a mi comandante.
Ese día después del regaño, el comandante Juárez les dijo a sus escoltas que se largaran, no quiso tener compañía alguna, se subió a su camioneta y salió de la comandancia. El comandante Juárez iba con su enojo escuchando la radio cuando decidió pararse en la gasolinera saliendo a la autopista, a veces al comandante le gustaba tomar carretera, le ayudaba a relajarse. En la tienda de la gasolinera bajó, pidió unos Raleigh, unos chicles y unas pepitas. Mientras el comandante compraba sus cosas, afuera de la tienda aparcó una camioneta negra de vidrios polarizados, de ella bajaron tres hombres, dos de ellos se quedaron parados fuera de la camioneta mientras el otro ingresó al establecimiento y se dirigió al baño. Cuando el comandante recibió el cambio de su compra caminó al baño y se colocó en el mingitorio al lado de un tipo no muy alto que estaba orinando, como el comandante suele ser muy sociable cuando está en el baño público, dijo algunos comentarios acerca del clima y otras cosas a lo que el tipo no contestó y el comandante ni siquiera lo volteo a ver, el tipo sólo jaló al mingitorio y se paró frente al espejo para lavarse las manos y arreglarse el cuello de la camisa, al comandante le pareció recibir un ligero olor a pólvora, sin embargo no le dio importancia, creyó que el olor provenía de él mismo después de semejante balacera, el tipo salió del baño y subió a la camioneta seguido de los tipos que lo esperaban, encendieron el motor y arrancaron. Para cuando el comandante salía del establecimiento tomó un cigarro, lo colocó en su boca y buscó el encendedor en los bolsillos sin encontrarlo, así que se acercó a un tipo que vendía cacahuates garapiñados para pedirle fuego. El tipo le pasó unos cerillos y le dijo: No me va creer, pero como que yo he visto a ese fulano que se fue en la camioneta. Me cae que era el Malhora, ese que salió en las noticias que andaban buscando hoy desde muy temprano. El comandante Juárez se quedó petrificado, pero aún reservando sus dudas le preguntó hacia dónde se había ido la camioneta, el tipo le señaló el camino. ¡¿Y cómo era la camioneta?! Preguntó el comandante. El de los cacahuates la describió como pudo y antes de terminar, el comandante Juárez ya iba presuroso y maldiciendo rumbo a su camioneta sin regresarle los cerillos. El comandante manejó durante horas, pero nunca más volvimos a saber del sanguinario Malhora.

martes, 2 de febrero de 2010

El caso del Singüe

Llevábamos días buscándolo, sabíamos que no podía estar lejos, su último asesinato lo había cometido en esta zona, el problema era que ya había escandalizado a toda la colonia y la ciudad entera ya sabía del asesino que rondaba por ahí, la gente lo apodaba el ”singüe”, por el toque especial que le daba a sus víctimas.

El comandante Juárez se veía más ansioso que de costumbre, todos lo notábamos, entre las agruras normales que le causan mal humor, las llamadas de su histérica esposa y la presión de los medios y el Alcalde, lo tenían hecho un nudo y el singüe nomás no aparecía.

El comandante estaba dejando de fumar, o al menos eso decía para quedar bien con su esposa, pero ese día me mandó junto con el Bermúdez a comprarle una cajetilla de Raleigh, para cuando regresábamos las patrullas en chinga arrancaron, habían dado un pitazo. A tres cuadras de ahí habían encontrado un cuerpo. Bermúdez y yo llegamos corriendo, los otros compañeros en auto no fueron para esperarnos, y pues lo entendí porque sabía que el comandante estaba que se lo llevaba la chingada. En el lugar había muchísima gente, todos amontonados, nomás de chismosos, tanto que ni nos dejaban pasar con los compañeros, avanzamos como pudimos, empujando a la señoras aunque se enojaran. Apenas le di al comandante los cigarros, él nos dio la orden de acordonar el área y de que echáramos para atrás a toda la chusma, que no quería mirones. El comandante se fue caminando hacia la patrulla pidiendo más unidades para hacer un perímetro en el área diciendo, ahora sí, el pinche singüe no se nos va escapar. Después se regresó a pedirme el cambio de los cigarros - no se le va una a mi comandante - y de ahí a recibir a los peritos.

Lo del singüe, sin duda fue un caso de esos raros, al principio todos creíamos que era un sicario del narco haciendo de las suyas, simples ajustes de cuentas, pero sin razones aparentes ni mensajes, nada de esas llamadas narco-mantas ni nada por el estilo, en cambio, lo escalofriante es que las victimas aparecían con el escroto mutilado, al parecer el llamado singüe a cada víctima le amputaba un testículo.

Hasta ese momento ya iban diez, los primeros aparecieron en una residencial de un pesado jefe del cartel, eran guarros sin mucha importancia, por eso no hubo más escándalo, lo malo comenzó después. El asesino estaba aniquilando a todo tipo de gente, dos taxistas cerca de una secundaria, un tipo que al parecer fue levantado saliendo de la farmacia, un niño de doce años – que fue el que suscitó mayor escándalo –, una pareja de novios en el parque que bordea un extremo de la colonia - de estos últimos los cuerpos estaban dentro de un auto, el joven tenía las manos atadas al volante y al igual que los otros, el escroto cercenado y tiros en el pecho; la chica tenía aparentes señas de violación y la cara desfigurada, al parecer por golpes -, y ahora este último cuerpo que recién habíamos encontrado. Este condenado singüe estaba resultando un verdadero loco, y para el comandante Juárez esto ya era más que un dolor de cabeza.

Nadie, ni siquiera los que estabamos bajo el mando del comandante Juárez sabíamos exactamente cómo es que el comandante estaba tan cerca de agarrarlo, sólo se rumoraba que había sido una aparente negociación, que el mismito Juárez se había aventado a poner las cosas claras con los narcos y se topó con la historia de que ése que buscábamos, era nada más y nada menos que el hijo del “Papi”, un jefe del narco muy bien parado, tanto que aparentemente nadie sabía dónde estaba.

El hecho fue que en la fiesta de 18 años del hijo del conocido “Papi” la celebración se salió de control. Todo empezó cuando en medio del lugar pusieron un sillón rojo donde colocaron al cumpleañero y acompañadas por el sonido fuerte de un reggeaton salieron al encuentro bailándole al chico unas mujeres guapísimas con cuerpos divinos, mientras un tipo con micrófono en mano gritaba: ¡Ea!, ¡Ea!, ¡Ea! Un verdadero espectáculo, pero aún faltaba lo mejor. Cuando hicieron llegar una cama al centro del lugar los ánimos se calentaron aún más, el conjunto de jóvenes locos por el espectáculo acompañados de narcos, sicarios y demás farándula de esos casos, aullaban deseosos mientras las bailarinas comenzaban a quitarle la ropa al afortunado chico, que ahora parecía un tanto inseguro y detenía un poco su ropa dificultando la labor de las chicas, cuando al fin lo tuvieron desnudo el chico estaba sonrojado, además de que no conseguía una erección, uno que otro no pudo evitar notar que al chico le faltaba un testículo. Se comenzó a correr la voz entre los asistentes que ahora no paraban de reír, los que más gozaban eran los amigos del chico que ya desde ese momento cuchicheaban el apodo del singüe. El chico al notarlo se intentó levantar, pero las hermosas mujeres no lo permitían, seguían en su juego seductor a pesar de los forcejeos, hasta que al fin las chicas se incorporaron y lo llevaron a una habitación dentro. Sin embargo, antes de que dejaran de reír, el chico salió únicamente cubriéndose con una toalla, llevando consigo una pistola chapada en oro, que en realidad era del Papi, apuntándola hacia la multitud que al verlo retrocedían. El chico estaba encabronadísimo, y con los ojos llorosos preguntaba rabioso la causa de sus risas. Todos en el lugar sabían que era el hijo del Papi, era un suicidio intentar hacer algo en contra del chico, incluso su padre aún no le decía palabra alguna cuando disparó contra dos guarros suyos que cayeron inmediatamente provocando una gran tensión, ahora todos los que tenían arma la apretaban firme en su mano, pero el Papi estiró los brazos a los lados calmando a todos, haciendo señas de que bajaran armas e intentando calmar a su hijo dio unos pasos hacia él, el chico encolerizado tiro un plomazo más que le dio justo en la nariz a otro de los guarros, el Papi ahora también temblaba pero seguía ordenando con las manos bajar las armas a los suyos. El chico ordenó le acercaran los cuerpos y el Papi volteó y dijo, ya lo oyeron; así que acercaron a los muertos, y ahora apuntándoles con la pistola brillante les ordenó bajarles los pantalones hasta los tobillos, los guarros se voltearon a ver el uno al otro desconcertados, y el chico repitió la orden seguida de otro balazo que fue a darle en la pierna a otro escolta más, esta vez era el más allegado a su padre, el más fiel; el consentido; también conocido como el “Malhora”, uno de los más sanguinarios y eficientes sicarios. El Malhora en el piso saca su pistola gritando: ¡te vas a morir mocoso pendejo! A lo que el Papi le suelta tres plomazos en el pecho y su escolta, su mejor escolta, cae fulminado.

El Papi volteó con su hijo pidiéndole no más, el chico furioso aún, envuelto en ira, repitió la orden de bajar los pantalones a los muertos, a lo que los guarros obedecieron sin gesto alguno, el chico miró fijamente a su padre diciéndole que todo este espectáculo era culpa suya y ahora todos se iban arrepentir. ¡También los calzones con un carajo!, gritó. Una vez pantalones y calzones hasta los tobillos el chico pidió una navaja y comenzó a cortarles a cada uno un testículo, aprovechando que el chico estaba en la sangrienta labor los invitados comenzaron a salir del lugar disimuladamente. Nadie sabe qué sucedió después con exactitud, hasta que comenzaron a caer los otros muertos, al parecer el hijo del Papi estaba desquiciado y envuelto en cólera, así que nadie más de las células criminales bajo el mando del Papi protegió al chico, simplemente lo dejaron a merced de la policía y ahora el comandante Juárez iba tras de él.

Después de unas horas desde el último cuerpo encontrado, en el riachuelo del fondo de la colonia pasando el parque, dieron con un cuerpo más, igualmente sin testículo pero esta vez no tenía ninguna marca de cercenamiento, al parecer era el singüe. Tenía marcas de arma blanca, cerca de 6 puñaladas. A pesar de que el asesino ya estaba fuera de servicio, el comandante Juárez estaba algo decepcionado, no fue él quien agarró al singüe.

Después de ir a contactar de alguna forma lo que había sucedido en el bando enemigo, encontrar la identidad del asesino, seguirlo sin cansancio y no encontrar más que muertos, no había forma de que el comandante Juárez se sintiera del todo satisfecho, esto sin contemplar que el cadáver del Malhora nunca apareció, lo que le dejó algo de dudas acerca de la historia del singüe. El loco hijo del Papi encontró su muerte al intentar acribillar a unos tipos que al parecer pertenecían a una pandilla del barrio que está cruzando el río. El singüe caminaba por ahí después de su último asesinato cuando fue rodeado por esos hombres que lo apuñalaron en varias ocasiones después de que el singüe quedara sin balas, no encontramos forma de identificarlo, sus pertenencias habían sido robadas por sus atacantes incluyendo la pistola dorada, tampoco el Papi iba acudir a reconocerlo, así que todos dimos por hecho que cayó el excéntrico asesino que marcaba a sus víctimas extirpándoles un huevo. Los asesinos del singüe nunca fueron buscados, para lo que tal vez aplica un dicho: matón que mata matón, tiene una vida de perdón; y esos cholos, ni para el Alcalde, ni para el comandante Juárez significaron más cosa. Los medios de comunicación una vez cerrada la muerte del singüe se dedicaron a perseguir escándalos políticos.