Miró el reloj, eran ya diez minutos de retraso. Con el ajetreo, uno-ya-no-puede-dejar-de-estar- viendo- el- reloj, pensó. Las puertas del vagón de metro se abrieron y quedaron algunos asientos vacíos. Miró el asiento color verde junto a la puerta y decidió acomodar sus sentaderas justo ahí.
Una vez sentado volvió a checar el reloj, pero no había cambio en el minutero y regularmente no ponía demasiada atención en el andar del segundero. Consideraba que darle más importancia a esa delgada línea intermitente, lo llevaría directo a la verdadera locura de la metrópoli.
Destazar la vida en cuartos de hora, media, minutos más y segundos menos, son partes de un tema que no quería pensar. Para él, alargar aún más la masacre del tiempo, era como desangrar la vida con la creencia de que se conoce este asunto de la rotación y la traslación, cuando sólo se va cayendo lentamente en la espiral de un constante pasado, así que al levantar su mirada del reloj sacudió un poco la cabeza y antes de que el segundero llegará nuevamente al punto de inicio, se topó con la figura bien formada de una joven que acababa de ingresar al vagón y se sostenía del tubo mirando fija al frente, como fingiendo que ignora la cantidad de miradas de acecho de cuanto hombre estaba en el mismo vagón de metro.
De inmediato olvidó esos pensamientos del tiempo y miró con gentileza a la muchacha que no respondió la mirada, como de igual forma, no complacía a nadie con regresarle la mirada. Sin embargo, él continuó con la lenta inspección de la buena figura; de esa apetecible forma bien proporcionada que se sujetaba con el delgado brazo del tubo lo que hacía que se dibujaran más claro las curvas de la chica con la ciudad entera como marco.
Miro sus senos apretados dentro de la blusa que dejaba ver su redondez cuasi perfecta y luego deslizó su mirada por el abdomen, que a pesar de no estar ejercitado tenía la firmeza y frescura de la juventud, y cuando se disponía al alcanzar con sus retinas los muslos, la imagen fue interrumpida por el muñón de un brazo cubierto con un calcetín frente a sus ojos.
Levantó la mirada hacia el señor que cargaba un portafolio en un brazo y sujetaba entre el muñón y el cuerpo un folder con papeles que seguramente no importaban. Buscó la manera de volver a ver a la muchacha con osados movimientos de cintura para sacar la cabeza por un costado del muñón pero no lo logró. El hombre con la extremidad cortada estaba parado frente a él agarrado del tubo a su lado con el brazo bueno y era tan grande a lo ancho, que él ya no alcanzaba a mirar ni un solo cacho del cuerpo de la chica.
Había ya más gente en el vagón y a él solo le tocaba el brazo amputado coronado por un calcetín en color café frente a sus ojos, cuando ya llevaba más de diez minutos de retraso y en la oficina le esperaban para iniciar la reunión con el cliente.
Una estación más, miró el reloj y salió empujando entre la gente.
miércoles, 29 de septiembre de 2010
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