lunes, 10 de enero de 2011

Los Curanderos

Mata porque quiere morir
Pero no sabe cómo
No quiere ser feliz
Ni quiere descansar

Perro Amor Explota, Bersuit Vergarabat.

Él sabía que todo había sido una confusión, pero la maldita culpa le carcomió la conciencia. Poco a poco fue escalando desde su interior, o tal vez bajando, hasta que se la topó de frente y tras ese encuentro, se mandó al diablo la poca coherencia que quedaba en el grupo. Era parte de un grupo de sicarios apodados “Los Curanderos”, crueles y sádicos asesinos a sueldo. Trabajaban tanto para mafias, como para el gobierno. En tiempos donde no existía la confianza, era más fácil matar y pedir disculpas, que vislumbrar de antemano las consecuencias de matar a tal o cual, y era por eso que Los Curanderos tenían como lema que, “a pesar de la cantidad de mierda y orín asqueroso que circulaba por las calles; tanto en bicicleta como en microbús o en una Escalade; ya fueran los que pagan plata o los que reciben plomo; en nadie se puede confiar fuera del círculo cercano de “La Cofradía de La Cura””, es decir, “Los Curanderos; Los Dueños de la Salvación; los únicos capaces de curar al mundo de la plaga de inmundicias”. Eran ellos los que contaban con permiso divino de expulsar vidas de la faz de la tierra para liberarla de sus demonios. Se sabían parte de la plaga, pero ellos eran la plaga sublimada, la que superó su condena y ahora exime sus culpas castigando a sus viciados hermanos y cómplices. Decían que, “quien alguna vez les ha pagado, algún día será la foto del próximo ejecutado”. Sus métodos eran variados. Tanto torturas lentas y crueles asestando pequeños cortes en todo el cuerpo sin tocar arterías que mataran por desangrado, como también era de su agrado el ataque sorpresivo rodeando a la víctima como hienas para luego propinarle una llovizna de explosiones de pólvora y plomo que pasan fugaces entre la carne y abren torrentes que tiñen el ambiente de escarlata, para luego huir sobre la camioneta con una prisa moderada, mientras encienden tabacos de victoria y asimilan un paso más hacia la inevitable muerte, porque bien sabían Los Curanderos, que cada vida que quitaban era un paso más hacia el abismo, pero al vivir este infierno del quita-vidas, se liberaban de cumplir con la misma culpa de esos otros condenados. La banda la inició Lucio Chávez, antiguo simpatizante socialista que había hecho de todo, desde cuidar vacas en el monte hasta pasar por trabajos y malos tratos desde California hasta Nueva York, allá en los Estados Unidos, cosa común para gente proveniente de la tierra caliente michoacana. Con ascendencia indígena, guardaba en lo profundo el sentimiento de olvido por el que pasan los verdaderos dueños de esta tierra, pero con la experiencia que cargaba, sabía bien que no ganaría nada y menos aún, con esta oleada de cabrones vende patria. Pensaba que la justicia y la suerte ya estaban compradas. Tuvo un hijo a los escasos 18 años con una bella chiquilla de nombre Margarita que murió durante el parto. Su hijo Margarito, encontró joven la muerte al intentar reunirse con su padre al otro lado de la frontera. En su regreso a la tierra de sus padres, Lucio se encontró con viejos amigos, como el Julio Taboada, un soltero que había dedicado su vida a dar clases en las comunidades. Era parte de la disidencia sindical y como muchos otros camaradas, comprendían que el cambio estaba en la educación, pero lamentablemente creían que ese rubro también estaba manipulado. Cuando Julio se encontró a Lucio en la cantina “La Morenita” y después de escuchar los reclamos continuos de Lucio respecto a los despojos y las injusticias a las que eran sometidos, recordó a un viejo conocido suyo al que le llamaban el Profe, que algún tiempo anduvo al igual que él, dando clases por esas tierras, pero al poco rato, disque por revoltoso, lo mandaron a la capital. Algunos decían que le habían visto colmillo los del sindicato, y el Profe se había integrado a lo mero picudo en la gran ciudad. Sin embargo, gente que lo había conocido más a profundidad, como era el caso de Julio Taboada, sabían que el Profe era creyente de la revolución social y de la necesidad de la democracia sindical para formar la verdadera conciencia de clase. Desde que se vislumbraba este revoltijero, el Profe solía recordar a Herbert Marcuse, y citaba su libro “El Hombre Unidimensional”, sosteniendo que “con este sistema neoliberal y el atraso que nos cargamos en este país, “es muy probable que las áreas retrasadas sucumban, ya sea a una de las diversas formas de neocolonialismo, o a un sistema más o menos terrorista de acumulación primitiva.”” Quién iba a pensar que seríamos parte del terrorismo primitivo. Lucio y Julio se siguieron reuniendo en La Morenita y como atrayéndolo con la mente, en esas mismas fechas, regresó el Profe huyendo del DF, que por haber ejecutado a un tipo allá en la capital. El Profe además de idealista, era alcohólico y pasaba por muchas broncas debido a su vicio. Estando allá en la ciudad, pronto terminó teporocheando, y más tarde un trajeado lo contrató para darle cuello a un pelado que estorbaba en un asunto sindical. Como sabían lo caliente que era el Profe con esos asuntos, fue fácil convencerlo del trabajo y con la lana que le tocaba, podría irse un buen rato para Michoacán. Sin embargo, al cumplir su trabajo, se dio cuenta de que había caído en tremendo mal. Le habían encomendado escabecharse a un cuate del Sindicato del Suministro de Electricidad. Él pensó que era una traba, un “chivato” del gobierno federal, pero al día siguiente de que con toda tranquilidad alcanzó al señalado al salir de su casa y sin preguntar ni dar aviso le dio dos balazos, al toparse con los diarios se quedó helado al ver que el dichoso “chivato” era considerado como genuino y digno líder sindical. El Profe huyó encorajinado, pero durante su camino hacia Michoacán, juro vengar el engaño y nunca más volver a tomar. Irónicamente a pesar de jurar abstenerse de la bebida, el primer lugar al que llegó fue la dichosa “Morenita”, donde sabía que encontraría al Taboada. Ahí mismo conoció a Lucio, que tras escuchar atento la historia del Profe, decidió soltarles de sopetón un negocio que le acababan de proponer. Se trataba de un problema entre narcos en un conflicto de control de la plaza, el asunto fue que un primo de Lucio era parte de uno de los cárteles, precisamente el que ostentaba ser víctima del gobierno en asociación con el cártel rival. Necesitaban que fuera un trabajo más pensado y de alguien ajeno a las pandillas del cártel, ya que se trataba de balear al Director de Policía, que en colusión con los otros narcos, iba a buscar la alcaldía el próximo año. Era buena la lana y a pesar del remordimiento del Profe por el reciente asesinato, la sangre se les calentó por tomar justicia con sus manos. No había quién la hizo, sino quién la paga, como en el levantamiento más puro de una clase olvidada. Harían pagar por sus injustas vidas, a ese puerco corrupto que se hinchaba de lana. El único acuerdo entre ellos, fue retirarse con el dinero y jamás asesinar de nuevo, porque este dinero fácil era la peor de las trampas. Concebían que al final, por avaricia, todos podían terminar en la misma maraña. Nunca pensaron que como vampiros, lo que los impulsaría iba ser el deseo de ver la sangre derramada. El trabajo salió a la perfección, tanto que el éxtasis de ver el rojo escarlata pintando la banqueta como si fuera el reflejo del sol en pleno crepúsculo retratado en el charco y culminando el cuadro completo el cuerpo tirado, esa imagen les quedó grabada en la mente como mejor recompensa al trabajo. Esa mirada del puerco, la última mirada, que a pesar del poder que ostentaba, le quedó en los ojos esa infinita sorpresa. Ése ruin policía corrupto había muerto, y ése era el mejor de los pagos. Y el Profe lo ratificó citando a Louis Althusser con tremenda perfección, ““el Estado es una máquina de represión que permite a las clases dominantes asegurar su dominación sobre la clase obrera para someterla al proceso de extorsión de la plusvalía, es decir a la explotación capitalista”, ¡y el brazo derecho de la represión del Estado, son esos puercos!””, dijo contento. Recibieron el resto del pago y la felicitación de los mecenas, y a escasos tres días del virtuoso atentado, el Profe fue contactado por el tipo que le pagó por matar allá en la capital. A pesar de que guardaba rencor por haber traicionado sus ideales en el primer trabajo que aceptó de ese culero, al escuchar la oferta por asesinar nada más y nada menos que al cabrón que les había pagado por el atentado contra el policía, aceptó tomar el trabajo. De inmediato reunió a la cofradía. Expuso el asunto y planearon el trabajo, utilizaron al primo de Lucio para ubicar bien al condenado y en menos de una semana, ya se estaba cargando el ataúd de madera de cedro con el cuerpo de un polinarco a su lugar en el cementerio. Lo más claro de este asunto, es que habían nacido Los Curanderos. Nacieron porque esta vez el gusto fue diferente, al atentar contra el que antes les había pagado por matar, les hacía sentir liberados de su culpa. Era como si entre esos marranos se hubieran matado. Lucio, Julio y el Profe, sólo eran los mensajeros de su odio, y de paso, extirpaban también sus demonios. Hacían pagar por la justicia que les habían negado. Esa misma noche, en medio de copas se autonombraron, “La Cofradía de la Cura”, con la misión de expulsar a los demonios de ésta tierra. Acordaron no estrechar compromisos con nadie. Como al principio y hasta el final, trabajarían por el pago y el placer de matar desgraciados, no por ocupar poder, ni por comprometer bandidos. Viajaron por el país recibiendo plata y dando plomo. A diestra y siniestra. En más de una ocasión se ofrecieron a hacer interrogatorios, y ante el buen resultado, expandieron sus servicios. Se toparon caras conocidas y sin reparo, les dieron tortura y muerte. Estaban convencidos de que ellos no eran lo mismo: la justicia era su gusto y su pena. Hasta que la muerte se convirtió en algo común y dejaron de lado el ritual de su cura. Después de cumplir un trabajo en la costa de Colima, embriagados de sadismo y locura, llevaron a unas meseras de un botanero al cuarto de un hotel y tras negarse una de ellas a ser sodomizada, Lucio le reventó la entrepierna y la cara a balazos. Tomaron su ropa y salieron corriendo a la camioneta sobre la que huyeron a cualquier parte. Manejaron sin parar hasta el amanecer. Pasaron por Guadalajara discutiendo estruendosamente y continuaron con rumbo a San Luis Potosí, ya con dos confabulados y haciéndole notar al tercero, Lucio, lo salvaje que era. Una vez que estuvieron a mitad del panorama desértico, se sintieron atraídos por internarse en la llanura y tomaron rumbo hacia los pueblos desiertos de Real de Catorce. Pasaron el camino a las antiguas minas antes rebosantes de metales y ahora desiertas como la misma llanura y continuaron su camino hasta llegar a un pueblo llamado Wadley. Era el lugar perfecto para desaparecer un rato, tenían que reflexionar para retomar el camino y aquellos pueblos a pie del desierto, fueron el lugar del reencuentro. Sentados en la cantina del pueblo, mientras discutían como con lenguaje de chamanes el futuro de su cofradía, fue que un viejo se les acercó y les dijo que por unos cuantos pesos, los podía llevar al desierto, comer peyote y sentirse en el ombligo del universo. Si lo que ellos querían era reflexión, en efecto, ése era el lugar. Tomaron sus cosas y salieron con el viejo a bordo de un Jeep con rumbo a la llanura. El Profe comenzó a recordar historias de otros peyoteros en el desierto, de cómo decían encontrarse a ellos mismos con el alucine del fruto del desierto, pero el nervio crecía entre ellos. Por consejo del viejo, dejaron algo de valor a cambio del fruto. Lucio dejó su esclava de oro, Julio un anillo grande pero baratón que usaba desde mucho tiempo atrás, y el Profe dejó una foto de cuando estaba en la normal de educación con su novia de ese entonces, que hasta el día de su muerte, en silencio no dejó de recordar. Tomaron peyotes y con gestos los ingirieron. El sabor era terrible y Julio ya se negaba a seguir tragando, porque ni masticarlos era posible, pero ante las burlas y regaños de Lucio y el Profe, no le quedó de otra más que seguirle al peyote. Una vez mascado cada gajo y a falta de cobijas para soportar el frío que caería con la luna, regresaron al pueblo con la intensión de rentar un pequeño cuarto para pasar la noche. Mientras caminaban, la mescalina del peyote comenzó hacer efecto. La tierra, las ramas y después las molduras de casas y muebles, brillaban ligeramente, como si percibieran el brillo natural de cuanto existe. Más tarde, todo lo que miraban tenía como una especie de meneo, como de ondas en movimiento. Pagaron la habitación y estaban los tres en su pequeño cuarto con dos camas individuales y no dejaban de hablar de experiencias pasadas con una sonrisa insoportable en el rostro, la sentían insoportable porque tampoco sabían en qué momento había surgido y podían continuar un rato sin percatarse de que aún seguían sonriendo. Fue cuando Julio decidió ir al baño y mientras estaba ahí sentado en el retrete, mirando cómo las cosas se deformaban de a poco, fue que sintió la presencia de alguien más rondando a su alrededor. Sabía que era parte del viaje, pero aquella sensación apenas iba creciendo. Cuando se levantó los pantalones y tiró de la palanca del excusado, vio el remolino de sus desechos girando hacia el agujero del fondo, pero en el desagradable proceso, se formaban rostros de dolor que se iban y no se iban, por el hoyo negro al final de la taza. Agitó su cabeza como para sacudirse la extraña visión, pero no se fue, por el contrario, sentía la presencia de más gente a su alrededor, aún cuando se encontraba en un muy reducido baño. Volteó de nuevo hacia el agua del inodoro y quedaba un pequeño rastro de sus desperdicios formando un pequeño hilo amarillento que comenzó a extenderse entre el agua ya estancada en la taza blanca con marcas de sarro y mugre, y de nuevo la sustancia comenzó a formar rostros de quejas y gritos. Julio desconcertado abría más los ojos y se los tallaba sin comprender lo que sucedía. En el retrete se veían las caras de cuánto ejecutado y torturado había pasado por sus manos y justo al notarlo, jaló de nuevo la palanca lo que provocó que el remolino de caras fuera más rápido sin lograr que se largaran por el agujero negro por el que debían salir hacia las cañerías. Volteo a su alrededor y esas mismas caras salían de los muros que parecían como de latex estirado por rostros y manos. Salió corriendo del baño y entró al cuarto asustado. Les intentó contar lo que había visto, pero Lucio y el Profe hablaban ya de otros asuntos. Pretendían ir para Tamaulipas y tal vez seguirse hasta el gabacho. Julio se sentó en el rincón pensativo cuando ahora Lucio decidió ir al baño. El Profe pasaba por un repaso de ideales de lucha popular armada y Julio no se quitaba de la mente la culpa por esos muertos de cagada, cuando Lucio volvió a la recámara gritando que había visto a la puta del botanero que antes había baleado. Estaba pálido del susto y gritaba que era cierto, que estaba ahí la condenada. El Profe tomó una pistola, llegó al baño y de una patada abrió la puerta y no encontró nada. Solamente en la taza estaba un mojón de mierda del Lucio que le causó molestia y regresó encabronado a decirle en su cara que no era más que su pinche cagada. Julio seguía en el rincón y al escuchar al Profe hablar sobre la cagada, comenzó a contar lo que a él le había sucedido momentos antes al querer que se fuera su caca. El Profe se rió y les dijo que era solamente el pinche peyote, pero Lucio y Julio sabían que la culpa los estaba acechando. Tanto muerto en el camino no los dejaba tranquilos y el cuento de La Cura, ya no dejaba los remordimientos a raya. Ya entrada la noche se recostaron en las camas y como Lucio y Julio eran los más descontrolados, se acomodaron en el mismo lecho y el Profe se acostó en solitario. Pasaron los minutos de silencio a pesar de que ninguno dormitaba, hasta que el Profe sintió un retortijón en el estómago y se levantó al baño. Julio y Lucio aún petrificados y cobijados hasta la barbilla, miraban con los ojos pelones hacia todos lados. Por debajo de la puerta entraba un hilo de luz que iluminaba parte de la cara de Lucio y justo cuando de esto se percataban, se atravesó una sombra por su cara a la vez que, comenzaron a escuchar unas pisadas afuera del pequeño cuarto. Pensaron mil cosas, también supusieron que era el Profe, así que preguntaron, pero no hubo respuesta. Lentamente Julio deslizó la mano detrás de su nuca por debajo de la almohada y tomó una pistola que ahí guardaba. La empuñó bien en su mano con el índice puesto ya sobre el gatillo y para cuando iba a preguntar de nuevo, quién caminaba fuera del cuarto, miró de reojo a Lucio al que la parte del rostro que la luz le iluminaba le relució como bañada en sangre. Con pistola en mano, se impulsó como pudo entre manos y piernas hasta encontrarse con la espalda contra la pared y para cuando Lucio volteó desconcertado, Julio ya estaba mirando a uno de sus demonios que los perseguían, ahí, boquiabierto, asustado, viendo fijo cómo se transfiguraba la cara de su casi hermano. Sonaron dos ráfagas y el Profe salió del baño aprisa y al entrar a la habitación, encontró un hombre de espaldas que miraba el cuerpo de Lucio ensangrentado en la cama. Dio unos pasos hacia atrás y sin pensar en quién pudiera ser quien estaba frente a él, tomó impulso y con el antebrazo lo golpeó con tremenda fuerza en el cuello, justo debajo de la nuca. El hombre cayó sobre el cuerpo de Lucio mientras el Profe tomaba del buró su arma. Julio temeroso y desconcertado por el salvaje golpe, rodó al otro lado de la cama y de inmediato se colocó en sus rodillas y apuntó su pistola. Sonó un disparo seguido de un silencio tenso e incómodo, hasta que retumbó otra detonación, como si fuera la última campanada. En la habitación yacían los cuerpos de Los Curanderos: Lucio tirado sobre la cama, el Profe con un charco de sangre saliéndole del pecho y Julio con pistola en mano y los sesos embarrados en la pared. A pocos metros, en ese baño a orillas del desierto, habían quedado los restos de esa culpa de la que nunca se liberaron, y la justicia que buscaban, encontró final en su propia sangre.

1 comentario:

  1. Me encanta jugar entre cada una de tus palabras,tus letras. Me fascina la manera en la que me vuelvo adicta a ellas y pido más.

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